martes, mayo 14, 2013

El último Viaje de Carlos Echeverry Ramírez





Estimados lector@s y amig@s:                                                                

Quiero informar que los únicos legalmente autorizados para la Edición de estre libro ante los Gobiernos de USA  y Canadá  y toodos los otros países del mundo, son Catonet Grupo Y Charrúa Editores

Cualquier otra edición con portada de color y diferente de la original de color azul es una edición pirata y no debe ser comprada por violación a los derechos de Autor y la propiedad intelectual. 

 


 Juntos los dos
©1996-2015Carlos Echeverry Ramirez--ISBN: 987-0-9683701-0-1
Reservados todos los Derechos de Autor ante CIPO Y WIPO

----------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Juntos los dos


-Jóvenes, usted señor Cato, les quiero comentar lo siguiente:

Hoy mi cansancio es mayor que en muchos años anteriores y muchísimo más que cuando estuve en la guerra.

Anoche estando acostado tranquilo, quizás como siempre, después que mi esposa Charlotte se fue a acompañar a Martina y su fiel perro, a la caminata habitual, hora en que el can hace sus necesidades y Martina recoge en bolsa plástica la mierda, yo me quedé leyendo tranquilo, acompañado de un Cherry semiseco y las melodías del violonchelo de Pablo Casals.

Cansado, por el duro trabajo del día anterior, dejé el libro sobre la mesa, fui a mi habitación y al entrar en ella puse el termostato en dieciocho grados, desnudo me metí debajo de las cobijas; allí en la comodidad de la cama y después de poner mi postiza dentadura en su medio adecuado y colocar mis anteojos encima de la pequeña mesa de noche, apagué la luz de la lámpara de leer y dormí sin problema.

No sé cuantas horas habían pasado, cuando en el silencio y oscuridad de la noche, escuché ruidos muy extraños al exterior de la alcoba, exactamente en las escaleras; eran unas risas escandalosas y palabras desconocidas por mí. Yo, un hombre que habla el latín, me asusté y sorprendido me senté a esperar el fin de lo que escuchaba, sin tratar de hacer juicio alguno.

Consciente estaba de que Charlotte, mi querida esposa no había llegado, ya que varias veces toqué el lado de la cama donde duerme y no la encontré, lo cual me causó mucha angustia; así, lentamente, los sonidos terminaron de subir las escaleras y finalmente entraron en la habitación...

Observé, cauto y desconfiado, entrar una sombra amorfa, un bulto grande moviéndose con dificultad; con mis cansados ojos de anciano no podía tampoco distinguir qué era, sólo escuchaba las risotadas escandalosas, las palabras enredadas y un fuerte y marcado olor a alcohol.

Nervioso, dudé de mis actos y pensamientos, creí momentáneamente que era una mujer de vida alegre y numerosos clientes que se había equivocado de casa y aposento; como pude, a tientas de ciego y en la negrura de la noche busqué mis gafas, para poder prender la pequeña lámpara. Después de hacerlo y para mi gran sorpresa encontré a ¡Charlotte!

Sin creerlo ni aceptar, la encontré tirada al extremo de la cama, ¡Mon Dieu! ¡mi esposa! ¡¡La bióloga!!, la directora por treinta años del famoso coro de música sacra en la conocida iglesia luterana de Ginebra, la mujer maravillosa, ¡Quelle horror! , la madre de mis cuatro hijos estaba ahí, tirada al extremo de la cama, ¡¡completamente borracha!! hablando en un idioma incomprensible, riéndose y actuando, como nunca antes en nuestra apacible vida y después de cuarenta años de casados, a estas horas de nuestro matrimonio y en el cenit de nuestras vidas.

Traté de encontrar la causa de este inusual estado en ella, después de tantos años compartidos, desde aquellos en los que yo iba o ella venía al pequeño jardín al frente de la facultad a esperar que terminaran nuestras labores académicas en la universidad. No supe que pensar.

Estimados señores y usted señor Cato, no sé que decirles o como expresar lo que sentí en ese momento.

Recuerdo que tuve un inmenso vacío, una ahogadora tristeza, solté una irónica risa, un débil entusiasmo y una rabia pasajera, y también todo aquello que puede un hombre de mis conocimientos y jerarquía experimentar, en esos segundos al ver a su querida esposa en esas lamentables, terribles e inaceptables condiciones.

Horrorizado de ver a mi Charlotte en esa situación, con voz angustiada, sintiendo una punzada fortísima en mi débil corazón y dolor en mi brazo izquierdo, le pregunté:

-Charlotte, mon amour, mon Dieu, ¿Qué te han hecho?

Atónito y horrorizado, la observaba.

Ella poco a poco, organizó sus desvariados pensamientos en medio de risas desconocidas, con ternura abrasadora y en una voz jamás escuchada en todos nuestros largos años de nuestra feliz relación, me dijo:
-”Freddy, mi amor, ¡mi tesoro!, ¿Recuerdas anoche cuando vino Martina con su perro a que la acompañara a caminar?... Muy bien, las dos nos fuimos conversando, mientras el can buscaba un lugar verde donde hacer sus necesidades. Conversábamos de muchas cosas, de ti, de Teodoro; charlábamos acerca de nuestros hijos, de sus alegrías y frustraciones, de las duras dificultades que enfrentan aún con todos sus títulos académicos para encontrar un trabajo estable y bien remunerado; dialogábamos de nuestras cosas de mujeres y que muchas veces o casi siempre son muy diferentes a las que los hombres hablan entre ellos; analizábamos también con impaciencia lo poco que podemos hacer o que se nos permite por ustedes para mejorar el mundo; tristemente comprendíamos lo mínimo que es aceptado y con escasa alegría recibido por los hombres para hacer más solidario el bien común.

Caminando las dos solas, apartábamos con nuestros bastones las hojas caídas, que anuncian el fin del verano, acompañadas mentalmente, por aquello que hemos creado, es decir nuestros hijos. Martina iba muy preocupada y yo, meditabunda, llevaba en mí algo que no te he dicho en los últimos años: sentía una creciente ansiedad de ver lo trágico que sucede en el mundo fuera de nuestros vecinos, en otros países y regiones. Llevaba tristeza y frustración, de ver lo poco que puedo hacer para cambiar lo que escucho en todos los lugares que tú, como hombre, no frecuentas, no escuchas, no entiendes, no quieres aceptar ni escuchar y que quizás jamás comprenderás.

Martina y yo sorpresivamente, escuchamos a lo lejos, en el Parque de la Esperanza, unos rumores de tambores como africanos, unas guitarras, unas trompetas, flautas, lutes de Persia, bandoneones, maracas de Sur América, acordeones, trompetas, tiples, guitarrones y unos violines gitanos de Hungría y Rumania. Nosotras, como bien tú sabes, somos curiosas y dueñas de una intuición, que ustedes no tienen; ansiosas apresuramos el paso y fuimos a ver qué era esa música tan bella, esas melodías con una sensualidad envolvente que ahora escuchábamos en el mismo parque al cual íbamos tú y yo, cuando éramos jóvenes y nos sentábamos a conversar del futuro, de nuestros sueños e ilusiones. ¿Recuerdas mi amor, mi tesoro?

¡Freddy, escúchame! ¡Escúchame_!

Al llegar al parque, Freddy, mi amor, encontramos unas mujeres y hombres extranjeros de pelo azabache con ropas llenas de colores, con todos sus niños cantando al son de la música y bailando en una armonía, en un ágape que jamás yo había presenciado en Europa.

Fuera de nosotras, estaban muchas parejas conocidas, había varios ex colegas y ex alumnos tuyos de la Universidad, las parejas y los vecinos nos quedamos quietos y perplejos presenciando esa reunión, una fiesta llena de amor y de fraternidad.

Martina y yo, dos mujeres ya viejas y feas, como dos ancianas esperando sólo la muerte, sorpresivamente nos encontramos, igual que los otros, en la mitad de ese pequeño carnaval.

Las mujeres y hombres tenían unos dientes hermosos color nieve, una piel canela y cabellos oscuros como las noches del invierno, sus músculos tenían una simetría excelente, pequeños cuerpos en volumen pero de una definición muscular sin igual.

Algunos tenían una personalidad, una alegría y dinamismo como el agua en nuestros riachuelos cuando baja las montañas en la primavera. Martina y yo fascinadas con esas risas melodiosas mirábamos todo.

Allí, nos ofrecieron vino y con todo el respeto del mundo nos invitaron a bailar; sí, a compartir con ellos la alegría. Martina bailaba. Yo también extasiada miraba cómo ellos bailaban conmigo sin importarles mi lentitud, mi torpeza al llevar el ritmo, mis arrugas de mujer anciana. Todos nos aplaudían sin parar; esta gente desconocida por nosotros, únicamente quería que Martina y yo, como seres, disfrutáramos la vida y la alegría creada por estos músicos que vinieron al festival.

¡Hubieras visto a Martina bailando!. Cómo se reía, ¡parecía una loca! Igual a esa gente, a esas mujeres y hombres locos del parque llamados injustamente así por nosotros los suizos. Qué ternura nacía en las miradas de sus hijos, en los melancólicos ojos y en sus risas apacibles.

Freddy, mi amor, espero comprendas, ahora porqué estoy tan contenta y ¡porqué decidí tomarme unos vinos de más! Simplemente compartí con esos locos la fiesta, que en ese parque de Ginebra, comenzamos a llamar la Fiesta de los Inocentes.

Te preguntarás... ¡escúchame amor! ¡escúchame! ¿te preguntarás cómo llegué a casa? Te lo diré:
Cuando me sentí ya cansada de reír y bailar y, de oír tantos aplausos, como nunca antes en mi vida los había recibido con tanta espontaneidad y simpatía, le dije a unas mujeres llamadas Pilar Torres, la Mechas Otoya y María Teresa, que, a propósito, me dijeron que trabajaban como científicas investigadoras en un centro agrícola del cañaduzal, que Martina y yo queríamos regresar a casa.

Al instante, seis parejas de los latinoamericanos ahí presentes, en forma alegre y aún disfrutando con la música, nos acompañaron despacio a casa.

Las mujeres charlábamos y nos reíamos, los hombres hablaban con los niños. Ellas, las mujeres jóvenes, hacían muchas preguntas de nuestros sistemas políticos, sociales, económicos y de mi relación personal contigo; eran muchas preguntas sin pena, ni amargura, como si hubiera en ellas una insaciable sed de conocimiento.
Al rato, caminando en medio de todas estas conversaciones, no sé porqué y a estas horas de mi vida como mujer, a mis setenta y cinco años, en forma total empecé a sentir en todo mi cuerpo unas ganas y deseos inaguantables de estar junto a ti.

Sí, mi amor, Freddy, mi tesoro, sentía unos deseos irreprimibles de tocarte y sentirte junto a mí y que no tenía en muchos, muchos años.

Me sentía una adolescente, con deseos húmedos y ardorosa pasión. Quería que me tocaras, que me besaras, como en aquellos años ya lejanos e inalcanzables para los dos, aquellos días en que ¡me jurabas amor eterno!. Cuando éramos jóvenes y bellos, cuando éramos sólo los dos.

Quería que nuevamente te olvidaras de todo aquello que existe en el mundo, ser el Eje del Universo y volver a escuchar cuando tú me decías que yo era toda tu gloria.

Al llegar a nuestra casa, acompañada de todo este grupo y subiendo las escaleras como podía, sentí otra vez nervios y pánico de lo que había pensado y deseado en el camino, no pude contener mi nerviosas risas al darme cuenta y aceptar que estaba húmeda en mi cuerpo, a mi edad y ¡¡después de tantos largos años!!

Más ganas me entraron de acariciar tu ser, de contar nuestras costillas marcadas por las huellas del tiempo, de sentir mis flacas y fláccidas piernas, tocar y palpar tu vencido pecho, tus hombros ya cansados, tu inflexible espalda. Quería y ahora quiero, que toques todo mi cuerpo, mis arrugas en barro seco por donde pasaron los alegres y esquivos riachuelos, las profundas grietas de mi piel, como si fueran hoy alegres acordeones tropicales.

Que muy lento y con todo nuestro tiempo, me beses toda. Sí, quiero que me beses suave, dulcemente.

Que acaricies mis largos y descolgados senos con sus tristes y marchitos pezones, como si fueran ellos esta noche y ahora dos fértiles oasis en un árido desierto, donde se alimentó la belleza de nuestros hijos.

Quería que juntos esta noche, tú y yo, nos llenáramos íntegros de amor en un triste mundo moderno donde éste ya no existe.

Y así los dos en uno...

-Sí mi amor, ¡los dos!, ¡sólo los dos!

-Y, en un interminable beso fuéramos felices una vez más al final de la noche...

en Toronto Diciembre 28 del 1996

Dia de los Inocentes....


©1996-2015Carlos Echeverry Ramirez--- Colombia
Propiedad intelectual y derechos de Autor otorgada por CIPO del Gobierno Canadiense en el año 1996

 
















domingo, mayo 12, 2013

Crónicas y anticrónicas de Barcelona(l)Fragmento- Carlos Echeverry Ramírez-Amazon y Kindle


Autor en Frankfurt Alemania año1985






Crónicas y anticrónicas de Barcelona(I) fragmento



Reservados todos los derechos de autor. Ante CIPO Y WIPO



Cuentan al otro día que la negra Isabel se levantó muy tranquila esa mañana para hacer una aguapanela, cocinar unos plátanos y fritar el pescado, como era su costumbre. Se encomendó a Dios por su vida, besó el escapulario y la medallita de San Benito con fervor que le había regalado el cura Óscar; prendió el fogón en la parte trasera de su rancho, atizaba los maderos y avivaba la llama tarareando una melodía y entre bostezos miraba también entretenida el río, al igual que todos los días. Y creyó en un instante que estaba alucinando al ver un brillo extraño en el río. A unos cincuenta metros de distancia dentro de las anchas y apacibles aguas. ¡Muy extraño!... -pensó la negra Isabel-, y caminó fuera del fogón. 

Más rara se sintió cuando vio que eso que brillaba como un espejo parecía llamarla desde el playón. Caminó nerviosa por el camino con dirección a la orilla del río, sacó de entre sus caídos y arrugados senos el escapulario con la imagen de José Gregorio Hernández, la Virgen de Guadalupe y la medallita de oro con la cara de Simon Bolivar y lo besó otra vez sintiéndose invencible en su fe, deseando que las serpientes se alejaran de su camino y no estuvieran por esos lados porque con la creciente del río y la luna llena de la noche anterior era el momento indicado para que estuvieran por el lugar.



Llegando asustada a la orilla del río y dándose la bendición otra vez para mirar mejor lo que la extrañaba, sólo pudo exclamar asustada: Dios mío... ¿qué es eso? Luego caminó un poco más a un pequeño alto en la orilla del río para poder apreciar con mayor claridad lo que había visto con desconcierto desde su rancho y en el corto camino recorrido.



Se puso como pudo las destruidas gafas con un solo vidrio plástico de su difunto marido y logró distinguir en la distancia a un hombre muy dormido en la paz eterna entre el brillo de las mansas aguas y las blancas piedras del río. Muy quieto allá en las anchas y titilantes arenas del playón.



Asustados y aterrados quedamos nosotros los del grupo de rescate del cadáver cuando fuimos a recogerlo y encontramos al muerto en el playón del río.



El cuerpo estaba en posición muy rara e ilógica, como si se hubiera recostado lentamente y acomodado con toda tranquilidad en un montículo de arena del playón. Este cadáver se nos presentaba como recién bañado y afeitado. Con toda su ropa todavía en él.



Algo sorprendente para todos los que estábamos presentes. Mientras fumábamos y amarrábamos la lancha pudimos observar que el cadáver del hombre negro conservaba aferrada a él una antigua y muy bella cruz de plata en la mano izquierda y en la cual estaban escritas las palabras: Toht.



Terminando mi cigarrillo y mirando eso tan raro en ese cristiano con esa posición en la arena del playón, pude observar como todos los presentes en ese instante del rescate que el rostro del difunto se veía en mucha paz.



La expresión del rostro que mostraba nos indicaba que había muerto sin ninguna pena. Mostraba una sonrisa santificada y plena que lo hacían parecer como un iluminado. Como un escogido entre todos los hombres de esta tierra y todos creímos con certeza después de observar detenidamente su cuerpo y su cara en ese instante que quizás estaba predestinado a reencarnar en pocos días en un ser especial. O en un ángel en nuestra vida por venir. En un Cristo negro.



Todos asustados y después de prender otro cigarrillo no sabíamos qué hacer en ese instante y ante este cuerpo negro.



Era algo nunca visto por nosotros. También discutimos y estuvimos de acuerdo los del grupo de rescate que este iluminado, este escogido, además de parecer en ese momento un Cristo negro parecía que estuviera despidiéndose muy feliz de la ingratitud, la violencia y la avaricia del hombre blanco en todo el mundo y en toda la historia de este universo.



En horas de la tarde, ya muy cansados y con hambre, al llegar en la lancha al muelle de Guapí nos sorprendió ver la inmensa romería de personas. Nunca se había visto tanta gente para ver un muerto en el pueblo. Aunque este muerto era muy diferente. En ese instante nos encontrábamos con algo desconocido.



No entendimos por qué tanta gente lo esperaba en el embarcadero si horas antes nadie en el caserío sabía de su llegada. -A ver un trago doble por favor ¡Salud para todo los presentes! Como les iba contando, a su entierro vinieron muchos que no lo conocieron en vida. Asistieron todos sus familiares y amigos, hasta los perros de los otros caseríos también vinieron y aullaron en forma extraña a la luna llena dos noches seguidas. En el río los peces brincaban fuera del agua como nunca antes. Algo muy raro y nunca visto con un muerto.



Lo más extraño era que todo el mundo quería estar cerca del difunto, conocerlo o alcanzar a tocar su cuerpo. Para así lograr sacar de él y guardar en ellos un poco de paz y tranquilidad que este Cristo negro trasmitía y que sintió toda la gente de Guapí cuando llegamos con su cuerpo.



El entierro fue el más grande que se conozca en la vida de mi caserío y del pueblo. No hubo fiesta como ocurre con los entierros de los niños negros. Por eso cuando un niño negro nace todo el mundo llora. Sabemos que viene a sufrir y a llorar las injusticias del hombre blanco y cuando muere un niño negro todo el mundo canta y es alegría plena porque por fin dejó este triste e injusto mundo del hombre blanco.



Continua.....

Libro en venta en Amazon y kindle únicos Editores y distribuidores exclusivos para toda Latinoamérica y el resto de países del mundo.



                                                ®2004-2013Carlos Echeverry Ramirez





Charrúa Editores®
Phone:1-321-252 2760



fitofeliz@hotmail.com





martes, mayo 07, 2013

El último Viaje --Carlos Echeverry Ramírez







Los invito a disfutar al máximo de la lectura de esta novela, que seguro estoy les llenará de interrogantes, risas e inquietudes. Un abrazo a todos en Hispanoamérica lleno de alegría y Solidaridad. Meditación Vipasana.
Gracias a todos una vez más por las descargas el fín de semana pasado con Las Crónicas y anticrónicas de Barcelona(l) .

Un abrazo fuerte lleno de solidaridad y Alegría 

Carlos Echeverry Ramírez

martes, abril 30, 2013

Amazon-Kindle- El último Viaje- Carlos Echeverry Ramírez- Hoy 30 de abril 3013 en venta en Kindle!

 
                            http://www.amazon.com/dp/B00CL100BK#reader_B00CL100BK


Con alegría mis querid@s amig@s y lectores de Hispanoamerica les quiero informar que ya está en venta El último Viaje para todos, su precio es de solo $6,00 dólares Usa.

 De esta forma pueden leér el libro  en su Mobil, Tableta digital, Blackberry, Ipod, telefono  y en su casa en la PC y dsifrutar de este viaje literario.

Sus distribuidores para todo el mundo y los únicos legalmente autorizados para su venta son Amazon y Kindle, tanto en le formato Kindle como el libro impreso y de excelente calidad por Amazon.

Un abrazo a todo@s y muchas gracías por la compra de las Crónicas y anticrónicas de Barcelona y El último Viaje impreso en Amazon. Gracías y un abrazo fuerte lleno de alegría y Solidaridad.
En Toronto abril 30 del 2013

Carlos Echeverry Ramírez

martes, abril 09, 2013

El último Viaje ISBN 978-1482700121 en venta Exclusiva y únicos autorizados legalmente para vender son Amazon y Kindle para todo el mundo.



Querid@s lect@res y amig@s con mucha alegría les informo que ya El último Viaje  con le ISBN 9781482700121 está en venta en Amazon y kindle a un costo de $6,00 dólares formato digital deAmazon- kindle e impreso a un costo de solo amable $15,00 dólares, puesto en cualquier lugar de Argentina, España, Colombia, México  o Latinoamérica. Un abrazo lleno de alegría y solidaridad por su ilimitado respaldo y compra de libros a través de mi página web y por email. Ya pronto muy pronto sale La Concha de Oro para el disfrute de mis amigos en Argentina, Colombia, España, México y otros lugares en latinoamérica.Meditación Vipassana un abrazo fuerte.

jueves, abril 04, 2013

Compartiendo Alboradas ISBN 978-1483975795 en venta en Amazon y Kindle

Queridos amig@s y lector@s ya estamos en Amazon y Kindle hoy 3 de abril del 2013.
Están en venta: El último Viaje, Compartiendo Alboradas y las Crónicas y anticrónicas de Barcelona(l).
las versiones en idiomas inglés y francés ya están casi listas y en el momento menos pensado entrarán en venta igualmente para sus respectivos lectores de cada país.
El precio de los libros es: de $6,00 para le formato Kindle y el libro impreso por Amazon tiene un valor de $12,00 dólares Usa. Quiero dar las gracias por sus anteriores compras y permanente apoyo, el cual valoro de forma extraordinaria, y  por lo mismo va para todos, un abrazo lleno de alegría y solidaridad a todos mis lector@es y amig@s que me han acompañado y respaldado en este largo camino de la escritura.
Metta metta metta meditación Vipasana.
Carlos Echeverry Ramírez.

jueves, noviembre 29, 2012

Crónicas y anticrónicas de Barcelona(l) ISBN 978-0-9683701-2-4 Fragmento 3- Derechos reservados ante CIPO y WIPO





Esta es la nueva portada y contraportada para la edición con exclusividad de Amazon y Kindle el cual tiene un costo de $6,00 dólares Usa en Kindle y $12,00 impreso por Amazon
                                                               
Crónicas  y anticrónicas de Barcelona(l)  
(2004)ISBN: 978-0-9683701-2-4
©Carlos Echeverry Ramírez - Colombia
©2004-2013 CAER Catonet Comunicaciones Grupo®
Reservados todos los derechos de Autor ante CIPO y WIPO
Prohibida su reproducción total o parcial sin permiso del Autor.
©Carlos Echeverry Ramírez – Colombia
 Phone 1-321-252 2760
Para:  Martina  y…la suave y dulce briza del Paraná...
Les voy a contar. ¿Puedo? —dijo suspirando profundamente y sacando fuerzas de donde no las tenía quizás.
—Sí, señora. Cuéntenos todo lo que quiera, que aquí estamos para escucharla, mientras llega la parca y la carroza por nosotros también —le contestó mi tío Fabio entre risas. Y de esta forma la mujer que atendía la tienda empezó a hablar.
“Señores, me vine de muy lejos y escapándome para no vivir la violencia y la muerte con que los paramilitares llenaban a cada instante todos los lugares. Me vine de un lugar muy bello en la orilla del río Cauca, cuyo nombre ya hoy no quiero ni recordar.

 Allá yo tenía un rancho muy amplio, lleno de flores y jardines a la orilla del río y muy cerca de la carretera que va a la costa del Caribe. En mi pequeño restaurante preparaba comida para todos aquellos que iban al norte a pasar las vacaciones.

 La gente paraba con sus familias en los automóviles y yo les preparaba carne asada con yuca y plátano, les vendía chicha de maíz, cerveza, aguardiente, gaseosas y jugos naturales de las frutas que sembraba yo en mi huerta.”
“En ese lugar el río Cauca era muy grande, tendría unos 80 metros de ancho. Mi vida era tranquila, me acompañaban mi prima Vanesa y mi primo Mario. Juntos nos ayudábamos y compartíamos las ganancias del pequeño restaurante. Pero un día, poco a poco empecé a ver con susto y luego con terror a través de la ventana de mi bohío, donde preparaba los alimentos, que el río comenzaba a traer y llevar flotando sobre sus aguas más y más cadáveres, a veces unos mutilados y otros enteros, casi todos con el estómago bien abierto.
  A las pocas semanas, ya podía diferenciar entre hombres y mujeres. Los hombres siempre bajaban flotando solitarios, y como mucho, con un chulo negro o zopilote encima de ellos. Las mujeres bajaban con sus piernas y vientres muy abiertos donde habían creado y guardaron la vida de sus hijos. Llevaban tres o cuatro gallinazos negros o zopilotes (como dicen en México) encima de su cuerpo; era como si cada pajarraco de esos que representan la muerte y picoteaban su vientre sin parar, fuera uno de los hijos que esas mujeres habían parido en vida, y que ahora las acompañaban sin desprenderse un segundo de ellas en ese viaje al más allá, en un cuerpo ya cosificado dentro del lenguaje y cultura de la maldita violencia creada por la pobreza controlada por los grupos paramilitares del Gobierno de la patria grande.”
“Todo eso horrible que yo veía a cada momento me llenaba de rabia y de angustia, de una tristeza que no sé cómo aguanté tanto todo aquello. Yo no sabía qué hacer mientras pasaban los cuerpos de las mujeres muertas en el río cubiertas de gallinazos. Lo peor para nosotros en el bohío era la imposibilidad de sacar los muertos para ayudarlos y tratar de darles un poco de amor y una cristiana sepultura.”
“A mis dos hijos me los habían desaparecido los paramilitares hacía varios años, cuando vivíamos en el pequeño pueblo de Caucacia. Yo era profesora de ciencias naturales en una de las escuelas de bachillerato del lugar. Mis hijos eran jóvenes, bellos y muy sanos, iban a la escuela y soñaban con ir a la universidad. De un día al otro me los desaparecieron. Nunca más supe de ellos. Me cansé de buscarlos por todos los rincones. Nadie supo nada, y ni a mí, ni a mi esposo nos dieron razón de ellos, al contrario, nos amenazaban de muerte en casi todos los sitios si seguíamos buscándolos. Uno tras otro, mis dos hijos se fueron quedando en el recuerdo de mi vientre, cuando los engendré, aún los siento  dentro de mí cuando pienso en ellos. También por el mismo dolor fue desapareciendo mi vida. A los pocos meses murió mi hombre, el que más he querido en este mundo, mi marido. Murió de pena moral y de tristeza por lo sucedido a nuestros hijos. Murió de su impotencia ante la injusticia, la impunidad y la violencia cotidiana.”
“Por eso un día, años después, ya sola en este mundo, no aguanté más y con mis pocos ahorros del restaurante, me vine aquí a Aguablanca, en Cali, donde viven los negros y los desplazados por la otra violencia de la selva del Pacífico. Aquí me compré un rancho pequeño donde pasar en paz los pocos años que quizás me quedan. Aquí los negros me respetan, me ayudan y vivo más tranquila. Pasado mañana hará un año que empecé en este trabajo, el único que encontré, vendiendo cigarrillos, licores, jugos y empanadas. Qué cosa tan difícil es, señores, ver y sentir el dolor de cada persona que viene a recoger sus muertos en la clínica Santa María y luego arrima a esta tienda donde trabajo.”
“Ay, señores, ustedes dos que parecen ser hombres de paz, les quiero decir que cada vivo arrastra muchos muertos encima. Por eso yo, que creía que podía alejarme de la muerte antes de llegar a este infierno grande de Cali, miren donde terminé. Lo más irónico de todo es que después de haberme alejado tantos kilómetros para no ver la muerte viajando en el río, acabé en esta tienda viendo todo el día la muerte y oyendo el llanto de las familias por sus seres recién idos. Es como si la muerte estuviera a cada segundo detrás de mí, persiguiéndome en todas partes”.
La señora dio un largo suspiro para terminar diciéndonos: “Ahora estoy más muerta que viva después de ver tanto muerto vivo lleno de dolor y tristeza que llega a esta tienda luego de recoger a los suyos en la clínica. ¿Pero qué puedo hacer y adónde podré ir si ya no tengo familia cercana ni nadie que me quiera? A todos los que amaba me los mataron. No tengo a nadie que le importe mi vida, ni quién soy. Esta es la patria grande que nunca imaginé ni soñé para mis hijos.
“Hoy todo es horror, desolación y tristeza, con la compañía inseparable del terror cotidiano para los que somos pobres. Colombia es una tierra sin esperanza, donde la gente por fin descansa cuando muere de ver toda esta violencia y miseria sin límites a su alrededor. Aquí no existe el derecho a la alegría, ni la posibilidad de ser feliz. O la ilusión de obtener la felicidad o de trabajar por ella con la comunidad. La indiferencia de este pueblo con el otro, es única en el mundo. Aquí asesinan a todos y se mueren todos, y a nadie le importa”. Continua… y en venta en unos días en Amazons y otros medios.

                                           
©Carlos Echeverry Ramírez – Colombia

www.carlosecheverryramirez.org 

cato3000@twitter.com 

fitofeliz@hotmail.com