lunes, mayo 22, 2017

Crónicas y anticrónicas de Barcelona 2017






Crónicas y anticrónicas de Barcelona
ISBN: 978-0-9683701-2-4
©Carlos  Echeverry  Ramírez  --  Colombia
Reservados todos los derechos de Autor y propiedad  intelectual ante CIPO y WIPO para todos los países del mundo.
©2004-2017 CAER
Catonet Comunicaciones Grupo® -- Charrúa Editores®   
Correo electrónico: fitofeliz@hotmail.com
http://www.carlosecheverryramirez.org
http://echeverry.blogspot.com
Fragmento 1
A ellas doscomo cada día, a la orilla del rio.
 CJD  y  Martina
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Cuentan que a la mañana siguiente Isabelina se levantó para hacer agua de panela, cocinar unos plátanos y freír el pescado, como era su costumbre. Se encomendó a Dios por su vida, besó con fervor el escapulario y la medallita de san Benito que le había regalado el cura Óscar.  Prendió el fogón en la parte trasera de su rancho. Atizaba los maderos y avivaba la llama tarareando una melodía, y entre bostezos miraba también entretenida el río, como todos los días. Entonces creyó por un instante que estaba alucinando al ver un extraño brillo en el río, a unos cincuenta metros de distancia, dentro de las anchas y apacibles aguas. ‘Muy extraño’, pensó alejándose del fogón. Más rara se sintió cuando vio que eso que brillaba como un espejo parecía llamarla desde el playón. Caminó nerviosa hacia la orilla del río, sacó de entre sus caídos y arrugados senos un escapulario con la imagen de José Gregorio Hernández, la virgen de Guadalupe y la medallita de oro con la cara de Simón Bolívar, y los besó otra vez sintiéndose invencible en su fe, deseando que las serpientes se alejaran de su camino y no estuvieran por esos lados, porque con la crecida del río y la luna llena de la noche anterior era el momento indicado para que anduvieran por el lugar. Llegando asustada a la orilla del río y dándose la bendición otra vez para mirar mejor lo que la extrañaba, solo atinó a exclamar: -‘¡Dios mío!, ¿qué es eso?’-. Luego avanzó un poco más a un pequeño alto en la orilla para poder apreciar con mayor claridad lo que había visto desconcertada desde su rancho y en el corto trayecto recorrido. Se puso como pudo las  gafas con un solo vidrio de su difunto marido, y logró distinguir en la distancia a un hombre muy dormido en paz eterna, entre el brillo de las mansas aguas y las blancas piedras del río, muy quieto, allá en las titilantes arenas del playón.
“Sorprendidos nos quedamos cuando fuimos a rescatar el cadáver al playón del río. El cuerpo estaba en una posición extraña, como si él mismo se hubiera recostado lentamente y acomodado sobre  un montículo de arena. Este cadáver estaba bien vestido, recién bañado y afeitado. Mientras fumábamos y amarrábamos la lancha, observamos que el difunto apretaba en su mano izquierda una antigua cruz de plata que llevaba inscrita la palabra “Toht”. El semblante del hombre reflejaba mucha paz. Su expresión daba a entender que había muerto tranquilo. Mostraba una sonrisa santificada y plena que lo hacía parecer un iluminado, un escogido entre todos los hombres de esta tierra. Todos creíamos con certeza en ese instante que quizás estaba predestinado a reencarnarse en pocos días en un ser especial, en un ángel. Parecía un Cristo negro.”
 “Todavía un poco espantados y sin saber muy bien qué hacer ante aquel cuerpo, encendimos otro cigarrillo. Nunca habíamos visto la muerte de esa manera. También discutimos  los del grupo de rescate y coincidimos, que aquel iluminado parecía estar despidiéndose muy feliz, despidiéndose de la ingratitud, la violencia y la avaricia de tantos hombres blancos en toda la historia del universo.
En horas de la tarde, ya muy cansados y con hambre, llegamos al muelle de Guapi. Nos sorprendió ver la  romería de personas que nos esperaban, nunca se había reunido tanta gente para ver un muerto en el pueblo. Aunque éste era muy diferente. No entendimos el porqué de tanta espera si horas antes en el caserío nadie sabía de su llegada. A su entierro fueron muchos que no lo conocieron en vida. Asistieron todos sus familiares y amigos, hasta los perros de los otros caseríos también estuvieron y aullaron a la luna llena dos noches seguidas. En el río, los peces brincaban fuera del agua como nunca antes. Lo más extraño era que todo el mundo quería estar cerca del difunto, conocerlo o tocar su cuerpo para así sacar de él, y también guardar en ellos, un poco de la paz y del sosiego que aquel cristo negro trasmitía a toda la gente de Guapi.”
“El entierro fue el más grande que se hubiera visto en la vida del pueblo. No hubo fiesta, como ocurre en los funerales de los negros. Cuando un niño negro nace todo el mundo llora, pues viene a sufrir injusticias en la tierra. Cuando muere, todos cantan todo es alegría porque por fin dejó el mundo del hombre blanco. En el entierro de este hombre hubo silencio durante tres días. Era Semana Santa cuando arribamos con los restos. Se escucharon en eco las plegarias y el repique interminable de los tambores elevados al cielo. Al domingo siguiente del entierro aún lo lloraban quienes lo conocieron; los que no, preguntaban a cada instante quién era ese hombre.”
Continua…
©2004-2017     Carlos  Echeverry  Ramírez  --  Colombia
Reservados todos los derechos de Autor y propiedad  intelectual ante CIPO y WIPO para todos los países del mundo.

jueves, mayo 04, 2017

La Concha de Oro-Fragmento




                                                                      

La Concha de Oro
Fragmento 1

©2008-2017 Carlos Echeverry Ramírez---Colombia
Reservados todos los Derechos de Autor ante CIPO y WIPO

Para ellas dos, a la orilla del rio…

Desde antes de nacer, ya estaba predestinada a ser una desgraciada en este mundo.
En mi ciudad natal, un pueblo grande a orillas del Paraná en el litoral Argentino, se celebraba la boda del año. Era el día más importante para mis padres, familiares y sus amigos que se encontraban presenciando un hecho histórico en la iglesia catedral. Pero antes de ser un acontecimiento de alegría y festejo, se convirtió en un terrorífico recuerdo que se quedó grabado en la memoria colectiva de todos los que allí estaban presentes.
Las  comadres desocupadas y chismosas del pueblo todavía hoy, cuarenta años después,   recuerdan segundo a segundo cómo sucedió todo aquello. Siguen a cada momento del  día creando y recreando rumores y especulando las razones por las cuales pasó lo que tenía que pasar.
Mi abuela Herta, la madre de mi padre, llegó a la iglesia enfurecida y con el diablo dentro. Para sorpresa y asombro de todos los presentes, rastrillaba por el suelo  los machetes que llevaba en cada mano sacando chispas que iluminaban sus pasos acelerados. Entre murmullos, blasfemias y chirridos, caminaba desde la puerta principal de la iglesia hasta el atrio profiriendo insultos y amenazas si se llevaba a cabo el enlace matrimonial entre mi padre y mi madre. 
Todos corrían aterrorizados y despavoridos al ver pasar a mi abuela por su lado. Ella iba llena de celos porque mi madre se casaba con su  único hijo varón entre dos mujeres que tuvo en vida la desdichada. Estaba hecha un manojo de nervios y, con los ojos inyectados de sangre por la ira que la consumía, amenazó al obispo, al cura y al sacristán que ayudaban en la ceremonia. 
La iglesia catedral quedó vacía en unos instantes que parecieron eternos.  Solo quedaron mi padre, Evaristo, su mejor amigo de infancia y padrino de boda,  y mi abuela Herta. Todos los invitados y curiosos  habían salido  corriendo  mientras llegaba la policía para llevarse a mi abuela presa. Días después fue ingresada en el manicomio municipal y al cabo de los años, excomulgada por la iglesia local obedeciendo las órdenes del Santo Papa y el Vaticano.
Estos hechos fueron el escándalo del año. Sin embargo, el amor entre mis padres pudo más que los celos de mi abuela y estos terminaron casándose en la más absoluta intimidad un día cualquiera a las seis y treinta de la mañana ante el párroco del pueblo vecino, donde Evaristo y su mujer Sacristana actuaron de padrinos. Después desayunaron juntos y brindaron con tazas de café por la felicidad y el amor eterno. A los pocos meses mi padre embaraza a mi madre y fruto de ese amor nació la mujer que hoy les narra estos hechos. Quiero que conozcan una historia cargada de contradicciones que ha marcado el devenir de mi incierto destino. No dejo de pensar que esa impronta del pasado caló profundamente en la familia y que la desgracia recayó sobre mí desde el momento en que mi abuela maldijo el enlace.

De todos los hombres que he conocido hasta hoy, en mi madurez, ninguno  me ha hecho feliz. De todos me he ido desilusionado al comienzo o al final, pero mis relaciones nunca han sido estables y mucho menos duraderas. Ni el dinero ni el estatus socio-económico, ni mucho menos la sexualidad o el erotismo han logrado atarme. Mis relaciones, puedo decir,  han sido un grandísimo fracaso y hoy me tienen al borde de no saber qué hacer o esperar de la vida. Pienso y repienso cada paso que doy. Me angustia mi futuro. Me horroriza la vejez cuando me pregunto  por qué a mis cuarenta y cinco años aún no tengo  en quién confiar a parte de un par de amigas que sienten más envidia que admiración por mí.
Debo comentarles que soy rubia, alta, (175 cmt) voluptuosa y sensual, culta e inteligente. Los hombres me miran, admiran y persiguen  donde quiera que vaya.
Desde los más jóvenes hasta los más viejos han sentido un magnetismo hacia mi presencia y para ninguno he pasado desapercibida. Es más, ninguno me había dicho NO hasta que conocí ese maldito  hombre que cambio  mi vida.  Yo, creyendo que me las sabía todas cuando le dije en broma dos o tres veces: “a mi ningún hombre me ha rechazado” él se quedaba callado  y apenas sonreía. La última vez que le dije esa frase y que sonrió le pregunté:
-Darío: ¿Por qué te ríes siempre que digo esto?
 Él me contestó lleno de ternura: -“¿Ningún hombre te ha  dicho que no en la vida? Amor, espera con calma que muy pronto te va a llegar ese hombre”.- Y se quedó en silencio una vez más. Cambiamos de tema y nunca más volvimos  a hablar de esas palabras y su significado.   
Hoy, recordando la relación con Darío, pienso que lo más extraño en ella era la coincidencia de edades entre mi padre y él.  Me llevaba  la misma edad que mi padre llevaba a mi madre y, en la forma de ser, se parecían mucho: callados, observadores, racionales, de una aproximación científica al analizar los hechos cotidianos y de una ternura y una alegría sin límites que me descontrolaba.  Eran tan parecidos…
Nos conocimos por internet a través de los chats de contactos. Ese día me encontraba muy aburrida y, justo cuando iba a cerrar el chat, entró un chico aparentemente divertido que vivía en Norteamérica. Allí, en ese país donde existe el dinero pero no la solidaridad ni la risa.
Como especialista que soy en el estudio del hombre, quedé fascinada con su espontaneidad y coherencia de discurso. Me gustó escucharlo y sobre todo me gustó la forma en cómo me hacía reír con las historias que contaba.
Poco a poco, lo que empezó siendo un entretenimiento de un rato en un día y una noche, se convirtió en un ritual cotidiano cuando terminaba mis labores en el centro de investigación donde trabajaba. Lo mejor de todo era que estaba descubriendo que me gustaba cada día más charlar con él y verlo a través de la cámara con esa naturalidad que le caracterizaba; dueño de una seguridad en él mismo que nunca había encontrado en otro hombre.
Así, sin darme  cuenta me  fui involucrando en su vida y fui perdiendo el control de mi parte emocional. Me dejé llevar por su mundo, sus ilusiones, sus sueños y grandes proyectos de vida. Pero al mismo tiempo y con mucho sigilo para que él no lo descubriese, seguía manteniendo conversaciones y diálogos con otros hombres a través del chat. Intentaba descubrir qué era lo que yo realmente quería pues todos los hombres me ofrecían prácticamente lo mismo. Es decir,  un proyecto de vida para formar una familia.  Pero yo, viniendo de una familia un tanto particular y sobre todo disfuncional, no me animaba tampoco por las dolorosas experiencias vividas.
Al año de esas conversaciones por internet  con mi querido Darío, un día  me dijo: -“Quiero  conocerte personalmente, quiero que esto sea una realidad. Que algún día conozcas mi familia, mi ambiente y mi mundo. Quiero compartir muchas cosas contigo”.
Eso me tomo por sorpresa y no podía creerle, pero  me lo dijo tan seguro de sí  que me dejé llevar por la curiosidad y un par de semanas después me mandó los tiquetes de avión y me tiré a la aventura con los únicos veinte dólares que tenía en la cartera.
Creí en ese hombre porque en aquel momento, y todavía hoy, tenía la certeza que no me fallaría nunca. Estaba segura que me esperaría en el aeropuerto…



Recordando los dramáticos hechos acontecidos en la iglesia catedral  por mi abuela Herta el día del matrimonio de mis padres, debo comentar que mi abuela fue una mujer muy difícil, amargada y conflictiva. Decía ser de origen alemán, aunque yo a veces lo pongo en duda, porque muchos rusos emigraron tras la segunda guerra mundial estableciéndose en diferentes  zonas de Sur América para no ser identificados de comunistas o ateos.
Herta nunca habló de su pasado, y mucho menos de su  infancia.  Era una mujer hermética, extremadamente católica, estricta y celosa de su vida personal y familiar. Según se supo, había nacido en la Alsacia. Parece que desde niña siempre mostró mucho recelo hacia lo diferente. Rechazaba a los indios y negros  y a todo aquel que no fuera de ojos azules y rubios como ella.

Mi abuelo paterno Dieter, el esposo de mi loca abuela Herta, había nacido en Francia en la región de Bretaña. Era corpulento y bien parecido de enormes ojos color marrón, tan expresivos que reflejaban la bondad de su carácter.  Venía de una familia de campesinos afortunados que tenían grandes tierras en la Bretaña y se dedicaban a la crianza de animales vacunos y la producción de leche y quesos. Cuando terminó la guerra,  viendo la desolación y sintiendo el terror de sus devastadores efectos, decidió emigrar a la Argentina con su título de ingeniero agrónomo y unos cuantos francos que tenía ahorrados por aquel entonces. Se estableció en el litoral del Paraná y alcanzó a comprar  unos terrenos para trabajarlos duramente. Cerca de ahí vivía ella, mi abuela,  y un día de tantos que trae la vida, se conocieron y meses más tarde terminaron casándose.

Mi madre era hija de una india Mapuche –que vivía  entre los límites de Chile y Argentina- y de un italiano de la región de Friuly al norte de Italia,  que llegó también después de la segunda guerra mundial con muy pocas mudas de ropa.  Una mano  delante y otra atrás y deseos de emprender una nueva vida. Tocaba el violín magistralmente desde niño y tenía estudios terciarios de música.  Su conocimiento musical  le facilitó una rápida integración en la nueva comunidad y pueblo de mi abuela. Trabajaba duro dando  clases en el conservatorio de la ciudad y clases particulares a los hijos de los ricos, comerciantes y empresarios. Así  logró formar parte de las principales orquestas de cámara y de la sinfónica del litoral, y de cuando en cuando, daba algún que otro concierto.

Mis abuelos Inés y Pietro, se conocieron cuando mi abuela apenas contaba con dieciocho  años de edad. Ella acudía por primera vez a un concierto de música clásica y los nervios la delataban. Por casualidad, se cruzó por los pasillos del teatro con mi abuelo y tropezaron. Las partituras cayeron lenta y desordenadamente  al suelo. Mi abuelo, que sostenía su preciado violín no dejaba de mirar perplejo la exuberancia y belleza de esa mujer indígena mientras recogía con parsimonia y franca sonrisa todos sus portafolios revueltos.
Entre conciertos de música y bambalinas, él era el  primer violín que acompañado de su voz  aterciopelada de tenor, llenaba armoniosamente los espacios de las salas  donde se presentaban los conciertos. A partir de ese primer encuentro, mi abuela no faltó un solo día a las siguientes actuaciones de mi abuelo. Fue un amor a primera vista. Pocos meses después de las amables caminatas por la costanera de la Setúbal hasta el final de los puentes, por fin juntos  los dos, decidieron casarse y construir  la casa donde siempre vivieron.

En esa casa  nació mi madre a quien mi abuelo siempre llamaba con ternura y amor infinito “Mi Princesa Mapuche”. Ella siempre se lo creyó y creció sintiéndose  una  verdadera princesa orgullosa como nadie de sus orígenes indígenas y de ilimitada belleza exótica, mezcla de Mapuche e italiano. Mis abuelos se preocuparon al máximo de su educación y lograron hacer de ella una de las primeras mujeres mapuches que saliera graduada de la universidad del litoral como bióloga. Lo mismo fue con mi querido tío Constantino reconocido médico en el país.

La historia de cómo se conocieron mi padre y mi madre,  fue en uno de esos calurosos veranos del pueblo mientras mi abuelo Pietro tocaba el violín. Todos se  encontraban en casa y cada uno en sus aposentos. Mi abuelo estaba en el salón principal dando musicalidad al silencio, y mi madre se encontraba en la habitación bordando. De cuando en cuando levantaba la vista para observar por la ventana el vuelo sostenido de un colibrí. Absorta en sus pensamientos y con el deleite musical de fondo, notó  sorpresivamente la presencia de alguien en la vereda que se asomó a la misma ventana  para escuchar las melodías que salían desde la casa.   Extrañada y un poco turbada por el atrevimiento del desconocido,  corrió a asomarse, no sin antes pensar que podría tratarse de un ladrón. Así y todo, insistió en querer averiguar qué quería aquel hombre. Apoyada en el quicio de su ventana y haciendo un esfuerzo para apartar la enredadera que cubría parte del enrejado, advirtió a un hombre aproximadamente veinte años mayor que ella. De buena presencia, facciones finas, no muy alto con  pelo y ojos negros. Amplia sonrisa y dentadura perfecta que con melodiosa voz  y acento casi extranjero le dijo:
_“Señorita, perdone la intromisión y si en algún momento la he asustado, pero no pude resistirme a escuchar la música que sale desde su ventana, podría usted decirme quién toca  esa maravillosa pieza de  Paganini?”
Ella como siempre desconfiada le respondió -  ¿Y usted cómo sabe que esa música es de Paganini?
Él, esbozando una tímida sonrisa respondió  – “Es que me encanta. Yo también toco esa melodía desde niño”.  Y aprovechando la ocasión se dirigió nuevamente a ella y le espetó:
 _“Señorita, con el máximo respeto que usted y los suyos merecen, me gustaría preguntarle si cabe la posibilidad de pasar a su casa para escuchar con deleite tan preciada obra. Es la primera vez que la escucho tan bien interpretada en muchos años.”
Aquel hombre, ahora más extraño y enigmático que nunca, empezó a interesarle por reconocer al compositor de la melodía que tocaba su padre. Se puso nerviosa, pero sorprendida respondió:
_”Espere un momento, por favor”.
Salió caminando de prisa sin mirar atrás, cruzó la puerta  y se dirigió hacia la izquierda. Ya en el salón frente a su padre, interrumpe diciendo: “Papá; fuera en la vereda, sobre la avenida, hay un hombre preguntando  a través de la ventana si puede entrar a  escucharte tocar el violín”.
El abuelo Pietro preguntó: _¿Pero quién es?  ¿Qué desea? Aléjate de la ventana, ya voy yo.

Al entrar mi padre se disculpó por la interrupción tan abrupta e inesperada.  Se presentó muy discretamente haciendo una reverencia y entregando sombrero, paraguas y gabán a la mucama; _“Sebastián Ducreut es mi nombre, señor”. Se sentó con calma y seriamente se dispuso a conversar con mi abuelo acerca de la música. Le felicitó y al mismo tiempo le comentó que él también tocaba el violín. Mi abuelo, fascinado con el caballero que impertinentemente supo romper su momento mágico de ensayo, y deleitarle con la conversación decidió  ofrecerle amablemente el violín, su bien más preciado, para que le demostrara su capacidad. Cuenta mi madre que mi padre se levantó de un salto del sillón y que con sumo respeto rechazó la oferta que le hacía mi abuelo.
_“Señor, no puedo aceptar su invitación. No me creo merecedor de tanta confianza. Un violín es sagrado para un verdadero violinista. Nadie puede tocarlo”. Al parecer, mi abuelo siguió insistiendo y mi padre se vio casi obligado a darle gusto. Cuidadosamente lo fue poniendo a tono afinando cada cuerda. Le pasó la cera al arco y empezó a tocar unas melodías de Bach.
Mi abuelo Pietro, fascinado, miraba extrañado al hombre que  tocaba el violín mejor que él. Segundos más tarde, cuando terminó  de interpretar las sonatas mi abuelo se levantó y le dio la mano. Inmediatamente se dirigió a mi madre y le ordenó ofrecerle un café con tortitas al invitado. Ese día charlaron por horas y horas. Al final se quedó a cenar con ellos  y así fue como aquel hombre entró en casa de mis abuelos maternos y se quedó para siempre. Habitó todos sus espacios y conquistó el amor de mi madre.

.. Desde ese día mi madre, la princesa mapuche, no tuvo más ojos,  aliento y vida que para ese hombre que, meses más tarde, sería mi padre Sebastián.  Pareciera como si hubieran estado  predestinados a estar juntos para siempre. Nunca más se separaron. Todo era alegría y amor, algarabía y disfrute. No tuvieron problemas. Todo se trataba de común acuerdo entre ellos. Mi madre tomaba la iniciativa de las cosas, hablaba y proponía que debía hacerse. Él solo escuchaba y al final, decidía o insinuaba que era lo más adecuado en el momento y de acuerdo a la circunstancia.
Él tenía una visión micro y macro de las cosas, de los hechos y de la vida. Ella lo escuchaba con atención, respeto y admiración porque  muy pocas veces se equivocaba. A ninguno de los dos le importó la diferencia de edad.
Mi abuelo pensaba y deseaba de corazón, que el hombre que se casara con “su princesa mapuche” tenía que ser un hombre muy sabio que lo hubiera vivido todo y que la tratara no como una princesa  sino como a una reina. Afortunadamente así vivió mi madre siempre hasta el día de la temprana desaparición de mi padre. A partir de ahí, nuestra vida se volvió un caos. En casa ya no había un orden establecido y las normas se flexibilizaron demasiado. Mi madre se volcó en su trabajo  de bióloga para disimular la tristeza y todo cambió.

Después de la  muerte de mi padre a mis catorce años, todavía hoy, no he dejado de sufrir una soledad y un vacío inmenso que no tengo cómo describir. Pasé la adolescencia en pequeños grupos de amigos y logré entrar a la universidad.
En la soledad del mundo académico  empecé a  conocer la realidad de la vida y a darme cuenta  como son las cosas en este desgraciado mundo aceptando que solo viene a sufrir desde que murió mi padre.
De departamento en departamento, de cama en cama, de hotel en hotel  con diferentes hombres que no han hecho sino mentirme y engañarme. De desengaño en desengaño he ido descubriendo que todos ellos sólo han sido proyecciones y sombras de unos sueños inalcanzables. Hombres que no sabían y nunca sabrán para donde van ni que es lo que quieren con sus vidas y menos con las de los otros.
……

Ahora mirando con retrospectiva, no me explico cómo he logrado sobreponerme a todos estos años. Al entrar en la Universidad del Litoral creía ingenuamente, que mi vida sería más fácil, que todo cambiaría.  Que lograría entablar amistades con mis compañeros y profesores, y que poco a poco se iría mitigando esa sensación de soledad y tristeza  que invadía mí día a día. Pero lo único que encontré por aquel entonces, fue adulación  y admiración por parte de los hombres.  Un respaldo ficticio que me hacía sentir la mujer más deseada por unos pero al mismo tiempo más odiada por  otras. Mi figura de mujer sensual, de cuerpo casi perfecto y con una mente privilegiada, era lo que unos y otras deseaban de alguna manera.
Notaba el malestar que producía mi presencia entre mis compañeras cuando me acercaba por los pasillos en dirección al aula. Sus murmullos, codazos y miradas denotaban la envidia que les producía verme caminar con aparente seguridad. Ya dentro del aula las cosas eran diferentes. Los hombres se giraban y me daban un vistazo de arriba abajo, me sonreían y solícitos saludaban preguntando dónde me quería sentar aquella mañana, si en las filas de delante, el centro o atrás. Ellas, mantenían el tipo para no delatarse delante de los compañeros y procuraban ser un poco agradables. Entre nosotras sabíamos que yo podía ser una amenaza.  Fue así  como aprendí a derrochar simpatía para ganarme el cariño y la amistad de los chicos.  Empecé a tomar consciencia que mi belleza iba a ser un obstáculo para mi desarrollo personal  pero no quería renunciar a lo que estaba descubriendo: la Erótica del Poder.  Sí, ese poder que lo consigue todo, que no se amedrenta ante nada y que una vez lo utilizas ya no hay vuelta atrás. Mi cuerpo se convirtió en un  templo de placer y dolor. Placer para quienes profanaban en las grietas de mis heridas, y dolor para mí que sollozaba en silencio cada vez que pactaba con el diablo.
Continua…
©2008-2017 Carlos  Echeverry Ramírez ----Colombia-Canada
Reservados los Derechos de Autor ante CIPO y WIPO.
CJD.

martes, agosto 02, 2016

Si a la Paz en Colombia. Si a la vida!

Si a la vida
Si a la Paz en Colombia
NO a la violencia y la Guerra!



martes, julio 28, 2015

Cuentomanía Concurso 2015 Miami. Juntos Los dos --Carlos Echeverry Ramírez-Colombia



                        A tod@s en latinoamerica un abrazo fueerte lleno de alegria y solidaridad.

                                  ©2015 SotoPictures+Charrúa Editores+Catonet Grupo

Queridos amig@s y lector@s en Hispanoamerica,  quiero darles un abrazo fuerte, lleno de alegria y solidaridad  y contarles que estaremos en la ciudad de Miami,  el día 24 de septiembre del 2015 a las 6 y 30 de la noche  leyendo: Juntos los dos en Coral Gables, para todos los lector@s y amig@s Hispanoamericanos de la ciudad de Miami y de la Florida.


Juntos los dos   ha quedado entre los finalistas en el concurso de cuento,  organizado por diferentes instituciones de la ciudad de Miami.

Un abrazo a tod@s en especial a aquella a la orilla del rio. CJD

Carlos Echeverry Ramírez 
Phone: 1-321 252 2760

fitofeliz@hotmail.com

miércoles, enero 21, 2015

La concha de Oro. La novela de la erótica del poder en HIspanoamerica

Estimados amig@s y lector@s en diversos lugares del mundo y Latinoamerica, hoy les subo la portada de la nueva Novela:  La concha de Oro.
Espero les guste, la disfruten y estará al alcance de tod@s con un precio super solidario en formato digital en Amazon-Kindle. Un abrazo muy fuerte para tod@s en latinoamerica deseando lo mejor para tod@s en este año 2015.

Enlace directo a Amazon y Kindle para su compra.http://www.amazon.com/La-Concha-Oro-Spanish-Edition-ebook/dp/B00QZKR37W

El diseño de la portada y contraportada fue hecho por le escultor y pintor de Colombia J.Raul Romero Castrillón para Charrúa Editores y Catonet Grupo.
La concha de oro es una novela, basada en la erótica del poder y como afecta las relaciones de los seres humanos. Encontrarán las aventuras de la madre superiora con la reina del pueblo, del obispo, del alcalde y de todo@s aquell@s que al leerla se identifiquen con ella. Cualquier parecido con la realidad es una simple coincidencia.
Un abrazo muy fuerte para tod@s en latino america.
Carlos Echeverry Ramírez
Fitofeliz@hotmail.com

viernes, junio 07, 2013

Un millón de gracias a mis lector@s en Hispanoamerica. Les quiero decir que las Crónicas y anticrónicas de Barcelona(l) están en venta

Queridos amigos y lecto@es..un abrazo fuerte lleno de alegría y solidaridad.

Tremenda sorpresa ha sido la muestra de apoyo por parte de lector@s y amigo@s con la compra y descarga de los libros sin costo alguno. 

Les informo a tod@s en Latinoamerica y Europa que por solidaridad con todos  Las Crónicas y Anticrónicas de Barcelona(l) vuelven  a  estar libres para ser descargadas sin costo alguno el día 15 de Junio del 2013. En  Amazon y Kindle.

Amazon y Kindle son  los únicos distribuidores autorizados ante USA y Canadá y el resto de países en el mundo. Y único lugar para descargar gratis estas Crónicas o cualesquier libro mio.

 NO olviden que el único Editor y distribuidor legal para El último Viaje y Compartiendo Alboradas, Las Crónicas y anticrónicas de Barcelona (l) y la Concha de Oro es: Createspace, Amazon y Kindle en formato digital. De resto y todas son ediciones piratas de "editor@s y Fundaciones" acostumbradas a robar los copyrights y derechos de los autores.


Enlace directo y seguro a Amazon y kindle para la descarga sin costo alguno de las Crónicas el  día 15 de junio del 2013.

Un abrazo fuerte lleno de alegría a todos mis amig@s a las orillas del Paraná en la Argentina, en Michoacan-México y en los Olivares de Jaen España,  ya nos veremos muy pronto para reir y hacer un os asados bien ricos!!.

Carlos Echeverry Ramírez-Colombia 

miércoles, mayo 15, 2013

Compartiendo Alboradas en Amazon y Kindle - Carlos Echeverry Ramírez-Colombia







Quiero recordarles que los únicos editores y distribuidores de mis libro y legalmente autorizados ante el Gobierno de los USA  y Canadá para todo el mundo y en cualquier idioma  son Catonet Grupo y Charrúa Editores. De resto son ediciones piratas que han violado la propiedad intelectual y derechos de Autor.

Gracias y un abrazo a todos espero disfruten al máximo de estas Alboradas.
Carlos Echeverry Ramírez